Monday, January 05, 2009

El club con las escaleras desconcertantes. Ese era el club. Con las paredes de azulejos amarillos, sucios, húmedos, sin amor. Ese era el lugar donde depositaba miedos, astucia, y soledad.
Allí se hallaba la espera, en esas escaleras interminables, en los ojos cansados del cloro, de sumergirse en el agua, de aguardar para irse.
Había mucha gente en el bar del club. Y también muchos ceniceros. La gente grande, esa de la muchas décadas me separaban y hoy se me acercan, era gris, escupían por los ojos y se veían por la boca. Ese kiosko que me marcaba la pobreza en la frente, con caramelos en frascos de vidrio, sólo me suministraba el gregaje para matar la sed: un vaso de vidrio que era comunal, y una jarra de plástico en donde se hallaba ese líquido al que llamaban agua. Ese era el club de las pesadillas, de los epilépticos, de la histeria, donde se hallaba el balcón suicida. De los vestuarios de cuerpos desnudos con vellos.
Ese era el club de las escaleras desconcertantes.